Cada año, en el marco del Día Internacional de la Mujer, se abren espacios de reflexión en torno a la equidad de género y a los desafíos que aún persisten en nuestra vida cotidiana. Recordemos que, para que la equidad sea sustantiva, debe hacerse visible en distintos ámbitos de la vida en sociedad, en las experiencias y relaciones que vivimos día a día.
Esa posibilidad de reflexionar con otras personas sigue demostrando ser muy necesaria: para reconocer los avances y para valorar los caminos que se han abierto para las mujeres en distintos espacios. Al mismo tiempo, nos recuerda que estos avances requieren sostenerse en el tiempo a través de prácticas concretas, en las que todas y todos tenemos un rol.
En el ámbito educativo, este desafío adquiere una importancia especial. Si bien la equidad de género se ha ido incorporando progresivamente en discursos e iniciativas, el verdadero impacto se juega en cómo la vivimos en lo cotidiano: en una sala de clases, en un trabajo grupal o en la forma en que nos relacionamos con otras personas dentro de la comunidad educativa.
Hay oportunidades de actuar con equidad en gestos simples: detenernos a mirar a quién le damos la palabra, cómo escuchamos una opinión distinta o cómo se distribuyen las tareas en un equipo. Por ejemplo, cuando algunas voces participan más que otras, o cuando ciertos roles se asignan de manera automática, se ponen en juego prácticas que pueden reforzar desigualdades e injusticias —o, en un mejor escenario, cuestionarlas—. Es en esos momentos donde la equidad deja de ser solo una idea y comienza a tomar forma real.
Que estas conversaciones sigan siendo necesarias da cuenta de que aún existen desafíos, muchas veces sutiles, que invitan a revisar nuestras prácticas. En este sentido, el diálogo y la reflexión colectiva se vuelven herramientas fundamentales para avanzar.
Así, la construcción de espacios educativos más equitativos no recae únicamente en el trabajo de una institución, sino también en las decisiones que tomamos las personas que la componemos en lo cotidiano. La invitación es a observar esas pequeñas acciones y preguntarnos, desde nuestro rol como estudiantes, docentes o trabajadores y trabajadoras, cómo podemos contribuir a construir una comunidad más justa, equitativa y que valore su diversidad.
Por Agustina Morales Muñoz